Tienda online: qué cuesta montarla y qué hace falta antes
El precio de una tienda no lo decide la tienda: lo decide el catálogo. Esto es lo que hay que tener resuelto antes de pedir presupuesto, y la parte que casi nadie te cuenta.
· 5 min de lectura · Gintonic Comunicación
Casi todas las conversaciones sobre tiendas online empiezan por la pregunta equivocada, que es cuánto cuesta la tienda. La respuesta útil viene de otra pregunta: cuántos productos tienes, en qué estado están y quién los va a mantener.
Porque montar el carrito, la pasarela de pago y el proceso de compra es un trabajo acotado que se parece bastante de un proyecto a otro. Lo que cambia de un presupuesto a otro, y por mucho, es el catálogo.
Lo que de verdad mueve el precio
Cuántas referencias hay. No es lo mismo veinte que dos mil. Y no por el alta en sí, que se puede importar, sino por lo que viene detrás: cada producto necesita un nombre que la gente busque, una descripción que no sea la del fabricante copiada y unas fotos que se vean bien en un móvil.
Si hay variantes. Una camiseta en cinco tallas y cuatro colores son veinte combinaciones con su propio existencias, su propia foto y a veces su propio precio. Multiplica eso por el catálogo y ya no estás hablando del mismo proyecto.
Cómo son los envíos. Aquí es donde se atascan la mitad de los proyectos. Si envías a península con tarifa plana, es media hora. Si tienes que calcular por peso, por zona, con recogida en tienda, con gastos gratis a partir de un importe y con Baleares aparte, eso es trabajo de verdad y hay que presupuestarlo.
Y si las fotos existen. Es el factor que más gente se salta. Un catálogo sin fotos decentes no es un catálogo a medio hacer: es un catálogo que no vende, por bien montada que esté la tienda.
Antes de pedir presupuesto, cuenta tus referencias reales y mira si tienes foto de todas. Esos dos números cambian la cifra más que cualquier otra decisión que tomes.
Lo que hay que tener resuelto antes de empezar
Hay cuatro cosas que no las decide quien hace la web, y si llegan a mitad de proyecto lo paran.
Quién cobra y cómo. Hace falta una pasarela de pago, que es la empresa que se encarga del cobro con tarjeta. Cobran un porcentaje de cada venta, y ese porcentaje es tuyo, no del que monta la web. Conviene mirarlo antes, porque en márgenes ajustados pesa.
Quién manda los paquetes. Una agencia de transporte, tú mismo, o recogida en tienda. Y qué pasa con las devoluciones, que por ley tiene que haber un plazo de desistimiento y hay que decir quién paga el porte de vuelta.
Los textos legales. Una tienda necesita condiciones de venta, política de devoluciones y de privacidad. No es un formalismo: es lo que te protege el día que alguien reclama.
Quién actualiza el catálogo. Si la respuesta es «ya lo veremos», el catálogo se queda como el día de la entrega y en seis meses la mitad de los precios están mal.
La parte que casi nadie cuenta
Una tienda publicada no vende. Vende una tienda que recibe visitas, y eso es un trabajo distinto que empieza el día que la tienda ya está.
Merece la pena decirlo claro porque hay mucha frustración construida sobre ese malentendido. La tienda resuelve el cobro: que alguien pueda comprarte a las once de la noche sin llamarte. Lo que no resuelve es que ese alguien sepa que existes.
Para eso hacen falta dos cosas. Que cada ficha de producto esté escrita pensando en cómo se busca ese producto —no en cómo lo llama el fabricante— y que la tienda tenga contenido alrededor: guías, comparativas, respuestas a las dudas que te llegan por teléfono. Es lo mismo que contamos en cómo posicionar tu web en Google, aplicado a productos.
Los datos estructurados de producto
Hay una cosa concreta que separa una tienda que sale bien en Google de una que sale en gris: el marcado de producto.
Es un bloque de código que el visitante no ve y que le dice al buscador, sin ambigüedad, cuál es el precio, si hay existencias y cuál es la valoración. Con él, tus productos pueden aparecer en el resultado con el precio y la disponibilidad debajo del título. Sin él, aparecen como un enlace más.
Si vendes menos de diez referencias y casi siempre cierras por teléfono, una tienda completa es maquinaria de sobra. Con una web bien hecha, las fichas de esos productos y un botón de WhatsApp haces lo mismo con mucho menos.
Si lo que vendes se presupuesta —reformas, instalaciones, servicios a medida— tampoco. Ahí lo que necesitas es que te lleguen peticiones buenas, no un carrito.
Y si tienes dos mil referencias que cambian de precio a diario, el problema es de conexión con tu programa de gestión, no de diseño. Esa conversación empieza en otro sitio.
Cómo lo hacemos nosotros
La tienda va como plan aparte, desde 2.900 € sin IVA, y el precio se cierra cuando sabemos el tamaño del catálogo. Está en la página de precios, debajo de los tres planes de web, porque no compite con ellos: quien entra a vender por internet ya sabe que quiere vender.
Incluye lo que lleva el plan Multipágina Pro —blog, páginas de SEO por municipio y la preparación para que la IA te cite— más el catálogo, el carrito, la pasarela, los envíos y el marcado de producto. Y una formación grabada para que lleves el catálogo tú.
Depende del catálogo, y por eso las cifras que se ven por ahí no sirven de referencia. Una tienda de veinte referencias con las fotos hechas y las fichas escritas no es el mismo trabajo que una de dos mil con variantes de talla y color. En nuestro caso el plan de tienda parte de 2.900 € sin IVA y la cifra se cierra cuando sabemos cuántos productos hay y en qué estado.
Sí, y deberías. Dar de alta un producto, cambiar un precio o marcar algo como agotado tiene que poder hacerlo cualquiera desde el panel, sin llamar a nadie. Si un proveedor te cobra por cada cambio de precio, ese es el modelo de negocio equivocado para ti.
Es lo normal y conviene contarlo: una tienda recién publicada no vende porque no la conoce nadie. La tienda resuelve el cobro, no la demanda. Los primeros meses el trabajo está en que te encuentren, y eso es contenido y posicionamiento, no botones.
Servicios
Y cuando quieras pasar a la práctica.
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